Una alta directiva me confesó que siempre daba prioridad a los demás antes que a sí misma. Mientras hablaba, se le llenaron los ojos de lágrimas. Quería centrarse en cuidarse y había avanzado, pero sentía que no era suficiente.
Le propuse un ejercicio sencillo y físico: dar un paso atrás para simbolizar dónde estaba hacía unos meses y, después, un gran paso adelante por su reciente crecimiento. Al dar el paso adelante, sonrió.
«Si este desarrollo tuviera un nombre», le pregunté, «¿cómo lo llamaría?». Se rio: «Me importa un bledo lo que los demás piensen de mí». Luego dudó: «¿Se puede decir eso?». «Por supuesto», respondí. «Hace un momento estaba a punto de llorar y ahora se ríe. Este es el buen camino».
«Pero esto no es el final», dijo. «Si diera el siguiente paso, ¿cómo lo llamaría?». Volvió a avanzar: «Me escucho a mí misma». Y el siguiente: «Lo digo en voz alta». ¿Completo? Negó con la cabeza y dio un último paso: «Lo hago».
Toda su actitud se transformó: la postura erguida, irradiando seguridad. Recorrimos los cuatro pasos de nuevo para afianzarlos:
- Me importa un bledo.
- Me escucho a mí misma.
- Lo digo en voz alta.
- Lo hago.
En menos de 15 minutos pasó de la inseguridad a una seguridad auténtica en sí misma. Soltar las expectativas de los demás le permitió abrazar su verdadero yo.