Una vez acompañé a una empresaria que se describía como «muy, muy deprimida». Empezamos con un paseo por un bosque. Para hacerme una idea, le pregunté: en una escala de 0 a 100, ¿cómo se ha sentido de media este último mes? «Por debajo de 10», dijo, describiendo un peso de preocupaciones.

Entonces, a media frase, se detuvo, me agarró del brazo y señaló con súbita alegría un precioso helecho que se bañaba en un rayo de sol junto a un tronco cubierto de musgo. «¿Verdad que es precioso?».

«En esa misma escala, ¿cómo está AHORA?». «98», respondió al instante. Sonreí: «Es asombrosamente alto para alguien muy deprimida». Los dos nos reímos. Mientras seguíamos caminando, no dejé de preguntar «¿Y ahora?»: cada vez, por encima de 90.

Aprendizajes clave: el poder de la presencia; la gratitud por las pequeñas maravillas; el efecto terapéutico de la naturaleza; y la fluidez emocional: las emociones no son fijas, así que la desesperación no tiene por qué ser permanente. Se dio cuenta de que su estado emocional no era tan fijo como creía, un descubrimiento genuinamente liberador.